miércoles, junio 19, 2013

'Un invierno en la playa', la deliciosa reescritura de la vida

Un invierno en la playa es una película sobre la reescritura de varias vidas interconectadas, las de una familia de escritores y aspìrantes a serlo. Es una pequeña película de corte independiente y reparto deslumbrante (más allá de los nombres más conocidos, destacan también los más jóvenes, lo que da una frescura muy agradable) que se gana la complicidad del espectador desde el principio. Quizá con algunos lugares comunes y estrategias narrativas demasiado repetidas en el cine que se rueda lejos de los grandes estudios, incluso con un guión que deja cabos sueltos y ocasiones perdidas, pero con una deliciosa empatía que hace que los personajes traspasen la pantalla y, aunque sólo sea durante poco más de hora y media, sean el padre, la madre, el hijo, la hija, el hermano o la novia que todo el mundo podría haber tenido. Y es que Un invierno en la playa es un precioso pedazo de vida, que conecta además con la maravillosa capacidad de escribir.

Bill (Greg Kinnear) es un escritor divorciado de Erica (Jennifer Connelly), que se marchó con un hombre más joven. Ambos son padres de dos hijos, a los que él ha ido educando para que sean escritores como él. Samantha (Lily Collins) no cree en el amor, y así se lo intenta hacer ver a Lou (Logan Lerman) a pesar de sus intentos de que le conceda una cita. Rusty (Nat Wolff) sí cree, es un romántico idealista que convierte a Kate (Liana Liberato), una compañera de clase, en el ángel de sus poemas. Hay en Un invierno en la playa media docena de razones para disfrutar: su reparto. La comicidad humana y realista de Kinnear sigue siendo tan divertida como cuando se coló hace ya 16 años entre Jack Nicholson y Helen Hunt en Mejor... imposible. Y la versatilidad de la espléndida y quizá a veces algo infravalorada Jennifer Connelly encuentra aquí un papel espléndido para demostrar lo gran actriz que es. Pero hay más.

Porque aunque Kinnear se erija en protagonista de la película, lo cierto es que ésta crece gracias a la frescura de sus rostros más jóvenes. Lily Collins es la que más peso aguanta, y lo hace con una simpatía y un realismo al que no apuntaba precisamente en la insulsa Blancanieves que protagonizó. Logan Lerman confirma las buenas sensaciones que apuntó en Las ventajas de ser un marginado, porque incluso para interpretar a dos adolescentes con ciertos puntos de conexión se pueden incorporar matices diferentes. Aunque tiene ya algunos papeles en su filmografía, el descubrimiento de la película es Nat Wolff. Y junto a él está Liana Liberato, una joven actriz que deslumbró en Trust, una película incomprensiblemente inédita en España. Lástima que su personaje y el de Kristen Bell queden algo desdibujados, sobre todo al final, siendo estas inconsistencias en un guión en general bien llevado el principal problema de la película, escrita y dirigida por el debutante Josh Boone.

La impresión que deja la película es fantástica por todo lo relatado, porque enlaza momentos tiernos, divertidos, personales y dramáticos con soltura y emulando a la propia vida real, pero lo del título es para ser analizado aparte. El que tendrá la película en España, Un invierno en la playa, es horrendo porque no se corresponde en absoluto con la película. En la pantalla, al inicio del filme, el que aparece es Writers, mucho más acertado aunque poco preciso. Y uno va a IMDB y se encuentra con que el título original de la película es Stuck in Love (algo así como Atascado en el amor, probablemente más acertado en plural), y que está traducido como El novelista, dejando los tres escritores que hay en la película en uno solo, se sobreentiende que el interpretado por Greg Kinnear. Así que no sé cómo llamar a la película, que parece condenada a ser la Greg Kinnear y Jennifer Connelly. Pero, aunque sea así, merece la pena por ser un fresco retrato realista sobre la familia, el amor y la posibilidad de reescribir nuestras vidas.

lunes, junio 17, 2013

'Insensibles', una valiente opera prima

Cuando aparece un director que debuta en el mundo del largometraje, lo único que puede exigirle el espectador es que esa condición de opera prima no quede en evidencia. Que no parezca que su obra es el trabajo de un primerizo que todavía tiene mucho que aprender. Pero, al mismo tiempo, saber que se trata del primer largometraje de un realizador añade mérito al resultado final cuando éste es convincente. Juan Carlos Medina consigue que Insensibles no parezca una opera prima gracias a una cuidada factura, y logra el elogio también por el hecho de estar presentando con ella su primera película. Insensibles es una valiente y más que solvente mezcla de géneros, más controlada en su primera mitad que en su segunda pero casi siempre estimulante, una historia sobre la insensibilidad física y emocional, sobre la búsqueda del propio pasado y de la verdad, bordeando en apariencia los límites del cine fantástico y creando un sólido drama de personajes, con un cásting muy acertado.

La misma trama de Insensibles obliga a no contar demasiado, porque el resultado final parece mejor si espectador y personajes caminan de forma paralela en el descubrimiento de los acontecimientos que narra el filme. Basta con adelantar que es una película contada con una narración dual, en el presente y en el pasado, que logra un equilibrio bastante sensato y coherente entre ambas líneas temporales en un final tan poético como desasosegante. En el momento actual, un neurocirujano llamado David (Àlex Brendemühl) se ve obligado a bucear en su pasado en busca de la verdad. Y en ese pasado, la historia arranca con un grupo de niños que presentan una característica excepcional, la carencia de dolor físico, que la sociedad española de los años 30 no estaba preparada para entender. A pesar de la época escogida e incluso tocando con acierto ese periodo de la historia española, no estamos ante otra película más sobre la Guerra Civil. No es el motor ni el alma de la película, aunque el tratamiento de la historia en esas escenas es más que interesante. Pero Insensibles va por otro lado, exactamente por lo que anuncia su título.

Lo que importa es, por ello, la insensibilidad, y hay muchas formas de apreciarla en el guión del filme. Los protagonistas iniciales de la película son niños que no pueden sentir dolor físico, un mal real aunque parezca sacado de un universo de fantasía. Controlar un reparto infantil también forma parte de las habilidades de Medina. Y también, como director y como coguionista junto a Luiso Berdejo, dar al reparto adulto las herramientas para que sus personajes sean convincentes. Brendemühl lleva el peso de la película con carácter. El suyo es un personaje goloso pero difícil, porque afronta fases muy diferentes a lo largo de la película. Arranca con insensibilidades que el espectador tiene que dar por sentadas y que, en algún caso, van encontrando respuesta en la película, sobre todo en la relación con su padre, un intenso Juan Diego, y culmina en un viaje que tiene mucho de catarsis personal y emocional.

Es en la segunda mitad de Insensibles, rodada prácticamente en su totalidad en catalán, donde quizá se note cierto desequilibrio, donde la elogiable extravagancia del punto de partida encuentra su punto más fantasioso menos controlado en la trama narrada a modo de flashback. Pero aún así el interés por desentrañar los misterios que esconde el filme basta para mantener la atención hasta el final. Como thriller está francamente bien planteado ya desde el guión, y consigue que la aparición de cada personaje, por pequeño que sea su papel, sume algo al conjunto psicológico de la película. Es imposible no destacar en ese sentido las presencias de Derek de Lint o Bea Segura. Y eso, unido al desasoiego que produce Tomas Lemarquis como eje real de la historia y la formidable puesta en escena de Medina, hace que Insensibles sea una película francamente interesante de ver y que el nombre de su director quede apuntado en la lista de realizadores prometedores que han hecho ya de su segunda película, todavía por concretar, un título esperado.

Aquí, imágenes de la presentación de Insensibles en Madrid del pasado 6 de junio.

viernes, junio 14, 2013

'Trance', una ida de olla audiovisualmente hipnótica

A Danny Boyle siempre le he tenido por un director sobrevalorado, y la cumbre de esa percepción llegó con la multipremiada Slumdog Millonaire. Sin embargo, Trance es diferente. Y a la vez no lo es. Es puro Danny Boyle, una película fácilmente enmarcable en su filmografía por muchas razones temáticas y visuales, pero al mismo tiempo engancha con más facilidad y menos artificiosidad que en otros títulos, encontrando además, perdónenme los aficionados del director pero no me cuento entre ellos, más genialidad que de costumbre. Pero en la valoración general de la cinta entramos ya en arenas movedizas. ¿Es una genialidad o es lo que coloquialmente podría definirse como una descomunal ida de olla? Tocando los dos extremos en algún momento, probablemente no sea ninguna de las dos cosas, pero seguro que habrá espectadores que la consideren tanto de una forma como de otra. Me acerco más a lo segundo, sin duda, porque es realmente un producto poco ortodoxo, muy imaginativo a ratos, excesivamente lioso en otros, brillante en algunas ideas y gratuitamente provocador por momentos que falla en su guión y en su construcción de personajes.

Trance arranca con un atraco. Pero con un atraco genialmente rodado y narrado, una escena espectacular, en la que Danny Boyle se salta la frontera de la pantalla a su antojo, con un montaje formidable y una puesta en escena espléndida. Pero esta idea tiene que desaparecer pronto de la cabeza porque Trance no es una película sobre un robo. Esto es sólo el prólogo, aunque un prólogo que engancha con muchísima fuerza para esta película y para la mucho más personal que realmente acaba proponiendo Boyle. Música moderna. Imágenes impactantes. Un montaje de lujo. Pero, insisto, la película no va por estos derroteros. No es una película sobre un robo, aunque éste está presente de principio a fin. Es una película sobre los ladrones, es un estudio psicológico que, de alguna manera, se puede entender como el reverso rocambolesco de Danny Boyle al Recuerda de Alfred Hitchcock. Esa comparación, por injusta que sea, evidencia que Trance no es tan redonda como quisiera.

Y es que ese es el principal problema de la película, que cambia tanto de dirección que los actores, aún estando valientes y más que solventes, parece en ocasiones que están interpretando dos o tres películas diferentes, algo que es más evidente en el caso de James McAvoy y Rosario Dawson que en el de un muy sólido Vincent Cassel. No es tanto una evolución como un cambio radical de una escena a otra. Y ahí da la impresión de que Boyle pierde de algún modo el control de la película, a pesar de sus contenidos 101 minutos. Esas dudas que deja el filme proceden de más bien de la reflexión posterior, que no de la información que se está recibiendo, porque visualmente Boyle firma una película completísima, arriesgada y hermosa, con un fascinante juego de colores, sombras y reflejos. Pero se le escapa al final, cuando hay que atar cabos, cuando hay que decidir dónde encaja cada parte, cuando hay que dilucidar el papel real que cada personaje tiene en la trama. Algunos le sobran, otros se descontrolan.

Trance es una película fascinante es muchos aspectos, en los más relacionados con la creación audiovisual (sensacionales imágenes de Boyle, con fotografía de su habitual Anthony Dod Mantle, y música de un muy inspirado Rick Smith, colaborador del director en el montaje de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres). Como thriller quizá acuse el exceso de giros de guión o un final exagerado, pero también es cierto que deja algunas escenas hipnóticas (tanto por lo que sucede en la película como por el efecto en el espectador), aunque también tiene algo de pretencioso en su uso del arte como excusa para justificar uno de los desnudos femeninos integrales más impactantes de los últimos años, que roza la gratuidad a pesar de formar parte de una escena visualmente casi perfecta. A  pesar de sus clamorosos errores de guión y aunque es probable que sus aficionados discrepen, y le den ese honor a su reputada Trainspotting o a la mencionada Slumdog Millonaire, no creo que sea descabellado decir que Trance es la mejor película de Danny Boyle. Sin duda, la más hipnótica.

viernes, junio 07, 2013

'El mensajero', la importancia de un casting acertado

Cuando uno visualiza en la cabeza la idea de un padre de familia que se ve obligado a introducirse en una red de narcotráfico para ayudar a la DEA en un arresto y que así su hijo se pueda librar de una condena de diez años por posesión de drogas, el protagonista que aparece en la mente no puede ser Dwayne Johnson. Cuando uno ve esta película hecha realidad, El mensajero, siempre da la impresión de que la Roca, un auténtico armario, va a ponerse a pegar mandobles por doquier y a emplear armas de fuego tan grandes que hacen falta las dos manos para sujetarlas, como sucede en G. I. Joe. La venganza y tantas otras. Pero no es así. Un casting acertado es esencial para hacer creíble una película y éste no es el caso. Lo normal es que el propio Johnson haya querido interpretar este papel para evitar el riesgo de encasillamiento, pero aún así, y dado que no es precisamente un espléndido actor dramático, la película se le escapa por todos lados.

El mensajero, en todo caso, provoca dos sensaciones diferentes según el grado de benevolencia con el que quiera evaluarse. Por un lado, no pasa del clásico telefilme de sobremesa encabezada con esa a menudo desalentadora leyenda de "basada en hechos reales", con la única diferencia de contar con un actor conocido. Por otro, ofrece una parte central interesante, en la que se escapa de la rutina. Trillada, sin duda, pero al menos rodada con efectividad y solvencia. Ahí sí hay interés por ver qué le sucede a este padre de familia normal en una situación extraordinaria, toda vez que el arranque parece cargado de mensajes moralizantes no demasiado claros (tampoco son evidentes al final de la película) con un ritmo cinematográfico muy lento, y que el final acaba en el clásico desmadre de película norteamericana de acción pero con una realización del especialista Ric Roman Waugh más bien poco lograda, sobre todo en lo que tendría que ser su campo predilecto.

Ver una película con esa mencionada entrada de "basada en hechos reales" lastra en demasiadas ocasiones el resultado final... precisamente por no resultar creíble. No por el hecho en sí mismo que narra (no es difícil pensar en un cargo político aprovechándose de la necesidad de un ciudadano de a pie, como hace la fiscal interpretada con cierta desgana por Susan Sarandon), sino porque muchas cosas parecen forzadas en la historia de John Mathews, un hombre íntegro, divorciado, con un hijo en su primer matrimonio y una hija en el segundo y dueño de una empresa de transportes. Hay, sin embargo, un  par de elementos interesantes en la película, como el desaprovechado papel del agente Cooper (¿un guiño al protagonista de Twin Peaks?) o el interesante dilema personal y familiar de Daniel (Jon Bernthal), empleado del protagonista al que recurre para conseguir contactos en el mundo del narcotráfico. El papel de Benjamin Bratt como gran capo de la droga, supuesto gran villano de la película, es tan breve que casi no merece ni comentario.

El mensajero no deja de ser la típica película de buenas intenciones, final feliz, hombre de carne y hueso protagonizando hazañas por su familia y realización demasiado modesta como para cubrir sus fallos. Podría haber sido mejor película de contar con un protagonista más adecuado, porque Dwayne Johnson es perfecto para repartir golpes y apretar gatillos pero se antoja complicado verle al borde del llanto, confesando sentimientos o incluso mendigando favores con cara de no haber roto un plato en su vida ante quien puede hacerlos realidad. Quizá también mejoraría el resultado final con una realización más ambiciosa. Pero El mensajero no tiene ni una ni otra cosa. Y aunque está lejos de ser un producto infumable, también se queda a gran distancia de ser una buena película. El rato se pasa relativamente a gusto, pero poco más.

miércoles, junio 05, 2013

'Lego Batman. La película', simpático entretenimiento juvenil

La última película de dibujos animados de Batman es toda una sorpresa. Lego Batman. La película. El regreso de los superhéroes de DC es una aventura simpática, entretenida, dirigida al público juvenil pero cargada de elementos que el aficionado al cómic y a las películas de los personajes de la editorial sabrá apreciar. Obviamente, surge del mundo del juguete y del videojuego, de hecho confirma continuamente el hecho de que se una animación destinada a aparecer en la segunda entrega del juego pero sin la faceta interactiva posterior, y eso hace que el público objetivo sea más juvenil que nunca, pero hay detalles simpáticos para el aficionado adulto, todo ello salpicado con ese toque de inocencia que siempre han tenido las versiones más juveniles de los hoy tan adultos superhéroes. Porque en el fondo no es más que eso, una apreciable versión para los más pequeños de los personajes que hacen las delicias de un público más adulto. Y éste, reconozcámoslo, también tiene su diversión asegurada.

La base de Lego Batman. El regreso de los superhéroes de DC, que sale directamente en el mercado de vídeo, está en el juego Lego Batman 2: DC Superheroes, con vídeos sacados del juego pero reanimados para darle un aspecto más logrado, definido y uniforme con el resto de la película. Ese origen de videojuego hace que la película sea menos película y más exhibición continua de personajes, vehículos, lugares y animación de las piezas de Lego (esto alcanza el mejor momento en el blindaje de los batvehículos), pero el conjunto mantiene un entretenimiento fresco y divertido porque, aún desde un prisma más infantil, se mantiene muy viva la esencia de los personajes. Ese recelo de Batman hacia Superman, ese toque de boy scout para el Hombre de Acero, ese continuo intento de Robin de tratar de impresionar a su mentor... Detalles que pueden parecer simples gags cómicos pero que al viejo lector seguro que le recuerdan a otras historias y otras versiones de los personajes.

Otro de los efectos de esa procedencia de videojuego, y de un videojuego juvenil además, está en que la trama es bien sencilla. Un team-up de villanos, Lex Luthor y el Joker, que tratan de aniquilar al team-up de héroes, Batman... y Robin, porque Superman y lo que viene después son añadidos para el deleite del espectador que disfrute viendo a estos personajes en diferentes encarnaciones. Lego Batman , una sucesión de escenas de acción moderada, engancha desde el principio con un detalle magnífico, y es que la apertura de la película calca la del Batman de Tim Burton recorriendo el símbolo del héroe, aunque ahora fabricado con piezas de Lego, y reproduce el maravilloso leit motif musical que Danny Elfman le dio al Caballero Oscuro. Pero a lo largo de la película, la gran mayoría de la música está sacada de Batman y de la partitura que John Williams hizo para Superman, un recurso que se recibe con agrado pero acaba por aburrir para quien conozca la música de Elfman.

Más acierto hay en los guiños que hay a otras películas, como la destrucción del hospital a cargo del Joker sacada de El Caballero Oscuro, el vuelo de Batman con su capa convertida en un planeador de Batman vuelve o el intento de Robin de superar un gran salto con su vehículo tomado con mucho humor de la nefasta  Batman y Robin. Y es que en el fondo se trata de eso, de un divertimento juguetón y entretenido, apto para todos los públicos y alejado de la seriedad de encarnaciones como la de Christopher Nolan o de las recientes películas de dibujos animados del personaje, que buscan las facetas más adultas del héroe. Lo bueno de Batman siempre ha sido que tiene una esencia interpretable de formas radicalmente diferentes. Y Batman está en esta versión de Lego, aderezado con unas gotas de simpatía y buen humor que permitirán a los más pequeños acercarse al personaje de una forma que las versiones más siniestras no lo permiten. Muy entretenida.

viernes, mayo 31, 2013

'Hijo de Caín', otro thriller trampa

Hijo de Caín es una idea bienintencionada que acaba desaprovechada. Es un thriller trampa como tantos otros, que cae en los mismos errores de siempre y que da tanta importancia al giro de guión que no se da cuenta (¿no se quiere dar cuenta?) de la ingente cantidad de errores que comete en el camino. Y es una pena, porque hay una pretensión atractiva en la película, hay propuestas interesantes y hay una más que correcta forma de llevarla a la pantalla. Pero es, sobre todo, un engaño, una trampa, un resultado falseado ya desde el mismo título (tanto el de la novela de Ignacio García-Valiño en que se basa, Querido Caín, como el del filme) y del cartel, que otorga todo el protagonismo a un José Coronado que no es precisamente quien lleva el peso de la historia. Y eso se lleva por delante muchas cosas. Porque incluso aunque la película se vea con cierto agrado y facilidad, pensar en detalles de la misma acaban por convertirla en algo tan absolutamente inverosímil que, en el fondo, no hay por dónde cogerla.

Se ha convertido en una irritante costumbre del thriller construir una película desde el impacto final sin tener ningún respecto por el desarrollo. Hijo de Caín quiere ser diferente y, sin embargo, cae en los mismos errores. La diferencia la quiere marcar por un entorno interesante, mezclando el tratamiento psicológico de un adolescente de 14 años con tendencias aparentemente violentas con su incipiente maestría en el ajedrez. Y eso le da algunas escenas francamente logradas, pero encuentra, al mismo tiempo, el mayor error de todo su planteamiento, un final que, obviamente, no procede desvelar y que es inverosímil, en sí mismo y en confrontación con lo que sucede durante la misma película. Como tantas otras cosas, demasiado cogida con alfileres como para asumir que funciona la idea que se intenta vender. La idea es simpática, sí. Pero es un ejercicio divertido para ésta y para otras tantas películas ir contando los momentos en que el plan maestro que se expone se iría al garete con una pizca de verosimilitud.

Insisto en que es una pena porque Jesús Monllaó Plana, director debutante en el mundo del largometraje, sí consigue una puesta en escena interesante en algunos momentos. Y digo en algunos porque otros se convierten en simples trampas, algunas incluso de una torpeza simplista (la escena inicial, el rastro de sangre, la desaparición de un personaje en el clímax final...). El director forma un reparto solvente, encabezado por un chico joven debutante, David Solans, que quizá echa en falta un trabajo de dirección que esquive precisamente las trampas que hacen divagar a la película. De entre los adultos, Julio Manrique es el más entonado y el que más partido saca a su personaje. José Coronado y María Molins (¿alguien puede explicar por qué es tan inevitable que haya una escena de desnudo, que además es tan emocionalmente absurda que saca por completo de la película por el momento en el que se produce?), simplemente correctos, en línea con la película, sin desentonar pero sin maravillar.

Hay que considerar Hijo de Caín como una cinta fallida, incluso en detalles tan absurdos como mezclar catalán y castellano en muchas conversaciones, desaprovechando el efecto dramático que podría tener su uso por parte del joven protagonista para levantar una barrera con su padre, haciendo que parezca más una motivación ideológica de sus autores que una necesidad de la película y generando un motivo más de irrealidad en su desarrollo. El cine español lleva ya unos cuantos años volcándose en el thriller, sobre todo desde que Alejandro Amenábar sentara muchos patrones a repetir con Tesis, pero da la impresión de que muchos guionistas y directores piensan que es un género fácil. Y no. Es fácil inquietar, intrigar, emocionar o provocar suspense durante un momento. Eso sí. Pero hacer una película es más complicado que eso, e Hijo de Caín lo demuestra. No es una película mala mientras se ve, como sucede en tantas ocasiones, pero pensarla una vez se ha visto evidencia muchísimas fugas de agua, que se van multiplicando hasta que sólo el espectador menos exigente le sacará verdadero partido.

miércoles, mayo 29, 2013

'Maternity Blues', durísimo pero irregular drama en femenino

Hay temas sobre los que el cine, sin duda el más comercial, coloca una etiqueta de tabú. El motivo no es otro que el miedo a no saber cómo tratarlos. Maternity Blues, una película italiana que nada tiene que ver con los focos de Hollywood, arranca desde ese punto de valentía. La depresión postparto y el infanticidio no son temas atractivos, no son agradables. Y sin embargo, sí pueden ser el centro de grandes obras de ficción como ésta. En la película de Fabrizio Cattani hay muchos momentos cargados de sensibilidad, aunque el resultado final es algo irregular por cuestionables decisiones sobre todo de montaje pero también en su guión. No obstante, es una notable historia en femenino, que acierta al no quedarse en un retrato personal y mostrar diferentes puntos de vista, incluso el masculino, partiendo desde la honda tristeza melancólica que esconde la mirada de su protagonista, Andrea Osvárt.

La valentía del tema escogido se prolonga en el planteamiento de la película, en sus protagonistas e incluso en algunas de las conclusiones que, aunque abiertas a múltiples interpretaciones, parece dejar Cattani como director y coguionista. Puede que algo del efecto conseguido con este arrojo se vaya en un montaje algo disperso. Algunas escenas, sobre todo del último tercio del filme, parece colocadas ahí por no saber cómo finalizar las subtramas de algunos personajes. Hay irregularidad en el relato, pero ésta no afecta a la historia central, la de Clara (Osvárt), sencilla en apariencia, sobrecogedora desde el principio gracias a la mirada triste, melancólica, profunda y cargada de simbolismo de su protagonista. Es curioso, y elogiable, que una historia de corte tan realista y con mujeres de carne y hueso, la protagonice una antigua modelo. La belleza supeditada a un alma torturada.

Con algunas acertadas incorporaciones masculinas, Maternity Blues se apoya en un reparto eminentemente femenino, efectivo siempre y conmovedor en muchas escenas. Y es una historia femenina que encuentra uno de sus mejores ángulos en no detenerse ahí. Es la historia de Clara, pero también la de su marido. Lejos de dispersar la historia (en unos condensados 94 minutos), eso amplía los puntos de vista y el conflicto desemboca en una de las grandes escenas de la película, cuando tanto él como ella descubren qué es lo que sienten ante la tragedia que ha sacudido sus vidas. Es, y el término se introduce al poco de comenzar la película, una historia sobre la culpa. Y como tal tiene el peligro de caer en el juicio, en la sentencia o incluso en el frentismo, pero se solventa esa papeleta con acierto gracias al enfoque humano y personal por el que opta.

Estamos ante un drama difícil de ver. Duro y emocionante. Quizá emocionalmente algo tramposo, como toda película que afronte tragedias personales tan intensas como las que describe Maternity Blues, pero esa sensación se evapora con el buen trabajo del reparto. Algo fallida en el uso de la música, facilona la diegética y algo artificial en la (por otra parte espléndida) escena de la fiesta navideña. Pero es un filme intenso y emocional, tan triste y melancólico como los ojos de Andrea Osvárt, demoledor en muchos instantes y socialmente relevante y atrevido. Lo curioso es que es una película que, cuentan las crónicas, apenas ha tenido difusión en Italia, su país de origen, y eso es algo que se achaca al tema que trata y a esas conclusiones que extrae, rotundas en la apariencia de una escena en concreto, pero menos menos tajantes en el conjunto de la película y en su posterior reflexión. Sólo por eso, ya es una película necesaria.